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jueves, 27 de enero de 2011

9 de abril


«¡Haced frutos dignos de arrepentimiento!» (Mat.3:8)

El verdadero arrepentimiento es algo más que sentirse apenado por lo que uno ha hecho: ¡es «metanoia», que en griego significa un cambio total de corazón, mente y rumbo!
Hay muchos que siempre se están arrepintiendo pero nunca cambian de verdad. ¡Como el rey Saúl! ¡El pobre Saúl nunca aprendía! Se arrepentía y pedía perdón a menudo, ¡pero nunca se enmendaba, nunca cambiaba, nunca daba media vuelta para tomar el camino contrario! Saúl lloraba ante el profeta, y lloraba también ante David, pero no lo hacía por arrepentimiento, ¡sino porque lamentaba que lo hubieran descubierto! (1Sam.15:24-30) Lloraba porque le daba pena perder el reino, pero no confesaba su pecado ni renunciaba realmente a él, a la raíz de maldad que se ocultaba tras su fachada externa (Pro.28:13).
Aunque el rey David también cometió grandes pecados, se arrepintió mucho; tuvo un verdadero y auténtico cambio, y por tanto Dios le concedió un gran perdón. Buscó el corazón de Dios (Sal.51). ¡Amaba mucho al Señor y tenía un gran deseo de glorificar y agradar a Dios! ¡Todos los pecados, equivocaciones y traspiés de David no fueron obstáculo para que el Señor lo amara, porque estaba dispuesto a luchar y morir por Él! ¡Y a pesar de sus pecados, David siguió adelante en su misión para el Señor!

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